De Hong Kong a Macao. Visitando el casino más grande del mundo.
Existen muy pocas cosas que funcionan igual en todos los países del mundo. Una de ellas es el azar. Los dados ruedan de la misma forma aquí que en, digamos, Macao, que es el lugar del que acabo de llegar hace tan sólo tres días. Aún siento en el cuerpo los estragos de la emoción y la agitación que me envolvieron. ¡Y pensar que todo fue de casualidad! Bueno, todo comenzó con un viaje bastante bien planeado a Hong Kong. Se acercaba mi cumpleaños número treinta y uno, y no pretendía pasarla sola en mi departamento una vez más. Así que, en lugar de soportar otro de los emparejamientos por parte de Úrsula y María Fernanda, les dije que las invitaba a pasar unos cuantos días fuera del país. Como era de esperase, aceptaron. Como siempre, uno empieza con los procedimientos de rutina: te informas muy bien sobre el lugar, contactas con una agencia de viajes, compras los boletos y alistas tus maletas. Luego, la espera hasta el día de la partida. Fiesta de despedida obligatoria (de rutina también) por parte de las amigas que se quedan y, al día siguiente, ya estaba volando bien acompañada hasta la isla. La primera noche solo atiné a descansar con mis amigas en la habitación del hotel. ¡Estábamos agotadísimas! Ninguna esta acostumbrada a viajar. Llegado el amanecer, te das cuenta que la vida comienza muy temprano, al asomarme por la ventana vi a una gran cantidad de gente circulando por las calles y ni siquiera eran las seis de la mañana. El hotel que nos asignó la agencia de viajes estuvo excelente, las habitaciones eran muy grandes, los suelos eran de madera, hermosas cortinas de color capuchino y muchas lámparas que emitían una luz tenue complementaban una decoración encantadoramente sobria. El personal fue bastante amable, no tuvimos ningún inconveniente al ingresar. A pesar de las dificultades del idioma, nos supimos entender bastante bien en segunda lengua. La primera mañana al salir del hotel fue cuando me di cuenta de la cantidad de edificios que existen en esta ciudad. El mismo edifico del hotel era un coloso compuesto por dos estructuras que se juntaban haciendo una “L”. Aproximadamente veinte pisos cubiertos de impecable vidrio negro. Bastante elegante. Mis amigas y yo pensamos tomar desayuno en el hotel, pero preferimos buscarlo fuera. Quizás encontrar uno de esos salones de té donde sirven deliciosos bocadillos chinos en cestas de bambú, así que emprendimos la búsqueda. Las calles y las avenidas de Hong Kong son bastante anchas. En cada esquina, con cada cambio de luz del semáforo, cruza una gran cantidad de gente. Y no es mentira, pareciera que cruzara un centenar cada vez. Los grandes edificios siguen apareciendo, todos con diferente diseño, bastante futurista. Es como si fuese una ciudad sin un pasado histórico-clásico, como si hubiese surgido hace unos meses, de la nada, con todos los avances tecnológicos incluidos. Finalmente llegamos a una calle donde encontramos una hilera de estos salones de té. Al entrar te recibe un ambiente bastante congestionado de personas. Los ruidos de las vajillas llenan el ambiente. El constante tintineo de la porcelana es bastante relajante y te hace olvidar que estas rodeado de tantos seres humanos. El aroma de la comida es delicioso, pero las mesas están totalmente llenas. Son redondas y tienen entre cinco y siete sillas cada una. Es casi como un autoservicio. Primero llenas una cartilla marcando lo que vas a comer y luego solamente tomas las canastillas con los bocadillos, y para llegar al bocadillo que desees tienes que abrir cada una, si no lo encuentras en el salón, puedes esperar hasta que lo traigan, pero hay otras personas que no esperan y ¡Hasta entran directamente a la cocina para buscar! Terminando de desayunar volvemos a las calles. La ciudad te llena los ojos. La cantidad de movimiento es increíble, Hong Kong nunca se queda quieto, y eso me gusta. Sin embargo volvemos al hotel para charlar las tres un rato e incluso nos quedamos para almorzar ahí. Nos sirven un apetitoso cangrejo frito en cantidad generosa y con bastante ajo, bebemos un poco de te y seguimos hablando hasta que nos quedamos dormidas. Despierto casi entrada la noche y tomo un baño caliente mientras mis amigas aún no se despiertan, al terminar, me visto como para salir a divertirme y veo que ellas se adelantaron y ya están esperándome listas. Así que entramos al Hong Kong nocturno. Las calles por las noches son totalmente diferentes, los inmensos edificios siguen ahí, pero las luces de neón les quitan protagonismo. Los anuncios escritos en cantonés o mandarín (no estoy muy segura) iluminan la ciudad. Colores bastante chillones pero agradables. Nos dirigimos a tomar un tranvía para llegar al ferry con dirección a Macao. Durante el trayecto dejamos atrás más anuncios de neón y varios clubes que a primera vista gritan ¡diversión!, me arrepiento de no haber caminado un poco. Una vez en nuestro destino, atravesamos la Terminal del ferry por un largo pasillo de cristales reflectantes que nos confunden. Abordamos, y una hora después llegamos a Macao. El salón de juegos más grande de China y sus dominios. Macao en la parte urbana no es tan dinámica no como Hong Kong. Las calles no están tan llenas. Existen edificios altos y modernos pero también los hay de corte clásico, estilo portugués. Incluso existen iglesias. Las vías no están saturadas con los colores electro-pasteles del neón. Por otro lado, es como si toda la vida hubiese migrado hacia los casinos. El pulso de la ciudad se encuentra en las mesas de black jack, las de poker o los tragamonedas. También en las ruletas, los dados y la suerte. La gente esta como petrificada frente a sus fichas. Concentrada. El casino al que entramos tenía todo eso y un ambiente limpio con un servicio tan cordial que uno no quisiera volver al hotel. Mis amigas y yo comenzamos con lo más sencillo, las mesas de black jack. Este juego lo practicaba en casa cuando no tenía nada que hacer, y casi siempre sin dinero. Pero esta vez las fichas iban y venían ¡Era realmente emocionante! Luego pasamos por el poker y la ruleta y nos fue bastante bien. Bebidas y bocadillos aparecían de tanto en tanto frente a nosotras. Y seguíamos ganando. Y seguíamos bebiendo y comiendo. Y volvíamos al black jack. Perdíamos. Ganábamos. Pero en realidad, nos divertíamos mucho. Seguimos así hasta bien entrada la noche. A la mañana siguiente volvimos al hotel. Pero ya le habíamos dado una probada a Macao. El resto de los días el esquema se repitió. Por la mañana a comer deliciosos bocadillos y a tomar té, por la tarde a conocer la ciudad y por la noche… ¡A jugar! Claro que pasamos unos días sin juego, visitando algunos clubes, conociendo gente encantadora que nos invitaban muchas bebidas y con las que nos divertíamos un muchísimo. Pero nunca olvidare la emoción de Macao. Nunca olvidare mi cumpleaños número treinta y uno. Fue el mejor.
15/10/2007 18:43
