Nuestro viaje a Nueva Zelanda
Llegó a casa, un departamento de unos 10 pisos, me saluda el portero yo le contesto. Subo en ascensor hasta el quinto piso, allí vivo. No siempre fue así, antes vivía en una casa, no muy grande. Con mis padres y mi hermano. Era un lugar tan cálido, mi hogar. Los adornos que mamá colocaba cada semana, la convertían en un lugar para todos los gustos. Por un lado estaba el área donde mi madre y mis tías tomaban el té. En la segunda planta una sala de star, donde mis primos, mi hermano y yo jugábamos videojuegos. La otra era donde mi padre y sus amigos jugaban su acostumbrado póquer de los viernes. A veces, mi hermano y yo nos escabullíamos entre las cortinas, y logramos ver como se divertía mi padre. Cuando pasamos de la adolescencia a la juventud, mi hermano, compañero de todas mis travesuras y el salvador de las palizas que me daban los niños más grandes en la escuela, se mudó. Entró a la universidad. “De grande voy a ser médico”, decía siempre de niño. Yo veía como poco a poco nos alejábamos. Él concentrado en sus clases, sólo nos visitaba para navidad. Yo logré ingresar a la universidad a estudiar finanzas y también dejé mi casa. A veces lo encontraba por Internet, nos saludábamos y listo. La relación se había deteriorado. La muerte de nuestros padres fue la última vez que nos topamos. Lloramos uno en el hombro del otro. Desde aquel día, lo que se de él es por mis tías o primos. Ahora sentado en este departamento me siento tan solo. Veo por la televisión una publicidad que anuncia un viaje a Nueva Zelanda: “Haga turismo por esta hermosa isla del Pacífico Sur…”. “Puedo pedir permiso en el trabajo”, pienso mientras observo una fotografía de mi familia. Algo gastada, ya tiene años. Donde estoy abrazando a mi hermano. “Porque no, si lo llamo y no me contesta no habré perdido nada”. Marco su número. “Aló…”. “Hola Ian, soy…”. “Claro que se quien eres, el Botas”. Rió de la emoción, hace años que no me habían llamado así. Le propongo lo del viaje, creí que me diría que no. Para sorpresa mía, me dijo que sí. Quedamos en partir al día siguiente en la mañana. Sería nuestro viaje a Nueva Zelanda. Nos encontramos en el aeropuerto, el saludo un poco frío, diferente a la persona con la que hable por teléfono. Abordamos el avión, en el viaje hablamos de todo, sin tocar partes incómodas como nuestro alejamiento. Llegamos al lugar, con la mochila en hombros y un mapa en la mano, nos miramos. “¿A dónde vamos? Recordé que tenía un folleto de una agencia de viajes sobre turismo en Nueva Zelanda. “Primero alquilemos un auto”, le dije. Preguntamos sobre un lugar cercano donde ofrecieran este servicio, las personas amablemente nos indicaron y fuimos para allá. Alquilamos un coche, el mínimo de días es de tres. “Sí, para tres días lo queremos”. “Lo pueden devolver en otra ciudad, si lo desean, si no van a regresar”, precisa el encargado. Montados en el coche.”¿Cuál es nuestro primer destino? Nos dirigimos a visitar las maravillas naturales de los Catlins. Donde encontramos raras especies animales, resaltando entre ellos los pingüinos “ojos amarillos” y los otarios Hookers en su hábitat natural. El día está caluroso, nos quitamos nuestras chaquetas. La naturaleza que nos muestra este lugar es impresionante, quedamos fascinados con el caminar gracioso de los pingüinos. Hasta los imitamos. Luego de la visita buscamos alojamiento, el paseo y el viaje nos había dejado agotados. Una hermosa casa sobre el mar, rodeada de un inmenso bosque, sería nuestro lugar de descanso. La comida casera, calmó nuestra hambre. Salimos de la casa a seguir apreciando el verde del bosque. Después de un delicioso desayuno, tomamos nuestras cosas y subimos al coche. Esta vez nos dirigíamos al Parque Abel Tasman. Un paradisíaco lugar, que se encuentra en la Isla del Sur. “¿Qué indica el mapa? ¿Estamos por buen camino?”. “Sigue de frente, ya falta poco”. Mi hermano era bueno para ubicarse. Habían pasado cerca a seis horas desde que mi hermano dijo falta poco. “Aquí es, estaciónate”, afirmó. Lo primero que buscamos fue donde hospedarnos, terminando de dejar las mochilas en la habitación salimos a comer. Al terminar nuestro almuerzo, salimos a dar un paseo por el parque. No alcanzamos al barco, había salido hace tres horas. Recorrimos parte del parque a pie donde descubrimos una variedad de bahías de aguas azules brillantes adornadas con arena dorada, abundante vegetación. Las palmeras nikau, sus centellantes aguas y su suave arena lo convierten en un lugar lleno de magia. Allí también encontramos pingüinos, focas y pájaros. Paseamos en kayak, mañana podríamos abordar el barco y conocer el lago Tekapo. Regresamos al hotel, cenamos, conversamos, planeamos nuestro itinerario para el día siguiente y caímos rendidos en nuestras camas. La excursión en barco se inició a las nueve de la mañana. Recorrimos todo el parque hasta la parte más alta del país, donde se unen los valles de Tasman y Hooker. Pudimos apreciar los paisajes alpinos. A nuestra llegada al puerto, que fue a eso de las cuatro de la tarde, recordamos que el viaje debía llegar a su fin. Los dos teníamos que trabajar. Nos despedimos de aquel paraíso semitropical. Agarramos nuestras mochilas y otra vez a subir al coche. Nueva Zelanda tiene muchos circuitos turísticos, estábamos tristes, no habíamos conocido ni la cuarta parte. Sin embargo, este viaje nos unió, y quedamos volver para vacaciones. Y esta vez hacer turismo por el país.
01/09/2007 00:00
